Con solo quince años, ya convertido al Señor, Charles Spurgeon estaba convencido por las Escrituras de que el bautismo era para creyentes. Él fue bautizado por inmersión el 3 de mayo de 1850 en el río Lark, cerca de Isleham, Inglaterra, pocos meses después de su conversión a Cristo y su incorporación a la iglesia en Newmarket. Este acto obedeció a su convicción bíblica de que el bautismo debía seguir a una fe personal en Jesucristo, lo que lo llevó a buscar a un ministro bautista, el Reverendo W. W. Cantlow, para realizar la ordenanza conforme a esa convicción.


Spurgeon mismo relató ese día como profundamente significativo. En su autobiografía describe cómo, al avanzar por el agua del río, sintió que «cielo, tierra y aun el infierno» podían observarlo, pero que no se avergonzaba de confesar públicamente que era seguidor del Cordero. Según su testimonio, «mi timidez fue lavada; flotó río abajo… perdí mil temores en ese River Lark», , y ese bautismo marcó un comienzo de obediencia y valentía en su vida cristiana.

Aun antes del bautismo, surgió una curiosa y humana reacción familiar. Después de comunicar a sus padres su deseo de ser bautizado, su madre escribió: «Ah, Charles, a menudo oré al Señor para que tú fueras un cristiano, pero nunca pedí que te convirtieras en bautista». Spurgeon respondió con agudeza y fe: «El Señor ha respondido a tu oración con su habitual abundancia, y te ha dado más de lo que pediste o imaginaste».

Este episodio revela la fidelidad de Spurgeon a las convicciones que descubrió en las Escrituras, y también la fuerza silenciosa de la oración en su hogar. Su decisión nos recuerda cómo la gracia puede atravesar diferencias familiares y denominacionales sin quebrar los vínculos.

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